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Los Escalones Traseros

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Había entrado al supermercado del barrio a comprar lo de siempre: café, pan de molde, algo para cenar esa noche. Mi hijo Daniel llegaba a visitarme desde Monterrey, donde vivía desde hacía tres años, y yo quería tener la casa medianamente presentable y la nevera con algo decente adentro. Era la primera visita en seis meses y llevaba una semana haciendo pequeñas cosas, cambiando la bombilla del pasillo que llevaba fundida desde febrero, lavando las cortinas, barriendo los escalones traseros del jardín que usaba como entrada informal desde que la cerradura de la puerta principal empezó a dar problemas.

La cola de la caja era larga. Me puse detrás de un hombre mayor, de esos que uno calcula que tienen más de ochenta aunque podrían tener setenta y cinco o noventa con la misma facilidad. Llevaba una cesta con muy pocas cosas: una lata de sopa, un paquete pequeño de galletas, dos manzanas. Vestía con esa pulcritud cuidadosa de quien no tiene mucho pero dobla bien lo que tiene.

Cuando llegó su turno, la cajera pasó los artículos y dio el total. El hombre buscó en el bolsillo de su chaqueta, luego en el otro, luego en una cartera delgada que apenas tenía forma. Lo vi contar monedas con los dedos, despacio, con esa concentración de quien sabe que el número no va a cuadrar pero lo intenta de todas formas.

—Me faltan dos cincuenta —dijo finalmente, sin drama, con la voz de alguien que ya ha pasado por situaciones peores.

—Yo lo cubro —dije, antes de pensar demasiado.

El hombre se volvió a mirarme. Tenía los ojos de un gris verdoso muy claro, casi transparentes, y una manera de mirar que me hizo sentir brevemente que me estaba leyendo completo.

—Es muy amable —dijo.

—No es nada.

Pagué mi propia compra y empujé el carrito hacia la salida. Había llegado al estacionamiento cuando escuché pasos irregulares detrás de mí, el ritmo levemente asimétrico de alguien que carga el peso diferente en cada pierna.

Era el anciano.

Se acercó sin prisa, y cuando estuvo a mi lado me tomó del brazo con una mano sorprendentemente firme para su tamaño. Me incliné ligeramente porque hablaba en voz muy baja, casi un susurro.

—Esta noche viene tu hijo —dijo.

Me quedé completamente quieto.

—Después de que se vaya, no barras los escalones traseros.

Lo miré fijamente. Él sostuvo mi mirada con total calma, como si lo que acababa de decir fuera la cosa más normal del mundo.

—¿Cómo sabe usted que—?

Pero ya estaba caminando hacia el otro lado del estacionamiento, con su bolsa pequeña colgada del brazo y ese paso asimétrico que lo hacía balancearse levemente, sin mirar atrás.


Manejé a casa con las manos un poco tensas sobre el volante.

Intenté encontrarle una explicación racional. Quizás me había visto antes en el barrio con Daniel. Quizás había escuchado alguna conversación por teléfono mientras estaba en la cola. Quizás era simplemente un anciano un poco desorientado que había dicho algo sin sentido que yo estaba cargando de significado por pura sugestionabilidad.

Pero la firmeza de su mano en mi brazo. La claridad de sus ojos. La precisión de las palabras.

Esta noche viene tu hijo.

Daniel llegó a las siete. Estuvimos hablando durante horas, cenamos, vimos el partido de fútbol a medias mientras él me contaba del trabajo, de una chica que le gustaba en Monterrey, de planes vagos de volver a la ciudad algún día. A las once y media se despidió porque tenía que manejar de regreso temprano al día siguiente.

Lo acompañé a la puerta principal, lo vi arrancar el coche, le hice el gesto de siempre con la mano hasta que dobló la esquina.

Luego recordé las palabras del anciano.

Después de que se vaya, no barras los escalones traseros.

Me quedé de pie en el pasillo durante un momento. Luego fui a la cocina, tomé la escoba que tenía apoyada contra la pared, la volví a dejar, y me fui a dormir.

No sé si fue obediencia o curiosidad o simplemente el cansancio del día. El caso es que no barré.


A la mañana siguiente abrí la puerta trasera para sacar a Rex, el perro viejo que tenía desde hacía once años y que era el único ser vivo que compartía la casa conmigo desde que mi mujer había muerto cuatro años atrás.

Rex no salió corriendo como solía hacer, por lento que ya fuera. Se quedó pegado a mis piernas, mirando hacia los escalones con las orejas en alerta.

Me asomé.

En el tercer escalón, perfectamente enrollada y completamente inmóvil, había una serpiente. No era enorme, pero tampoco pequeña. Del tipo que uno identifica de inmediato como problema, con ese patrón de colores que no deja lugar a ambigüedades.

Me quedé paralizado en el umbral de la puerta.

Si hubiera barrido los escalones la noche anterior, como era mi hábito de siempre después de que alguien visitaba la casa, habría salido descalzo o en pantuflas, con poca luz, probablemente distraído. El escalón donde estaba la serpiente era exactamente donde yo ponía el pie primero.

Llamé al control de fauna. Vinieron en cuarenta minutos y se la llevaron sin incidentes. El hombre que la capturó dijo que probablemente había subido buscando calor durante la noche y que era el tipo de mordedura que manda a urgencias sin discusión.

Me senté en la cocina después de que se fueron y estuve un buen rato sin hacer nada.


Volví al supermercado el miércoles siguiente, y el miércoles después de ese, y el siguiente. Pregunté a la cajera, a la que ya me conocía de años, si sabía quién era el anciano de los ojos claros.

Ella frunció el ceño.

—¿Un señor mayor, cabello blanco, caminaba un poco raro?

—Sí.

—Don Aurelio. Vivía a unas cuadras, en la calle Morelos. —Hizo una pausa—. Murió hace como tres semanas, señor Herrera. Un martes, creo. O un miércoles.

Lo miré sin entender.

—¿Tres semanas?

—Sí. Lo encontraron en su casa. Vivía solo. —Me miró con esa expresión entre incómoda y compasiva—. ¿Por qué lo pregunta?

No respondí inmediatamente. Hice el cálculo en mi cabeza. El martes del supermercado, la visita de Daniel, la serpiente en los escalones.

—Por nada —dije finalmente—. Solo quería saber su nombre.

Caminé hasta el coche despacio.

Me quedé sentado un momento con las llaves en la mano, mirando el parabrisas sin ver realmente nada.

Hay cosas para las que no tengo una explicación ordenada y racional. Soy contador, llevo treinta años trabajando con números, con la lógica fría de las columnas que cuadran o no cuadran. No soy de los que creen en apariciones ni en mensajes del más allá ni en ninguna de esas cosas que mi mujer, que sí creía en todo eso, intentó enseñarme durante veintidós años sin demasiado éxito.

Pero también soy alguien que tiene una serpiente menos en los escalones y un hijo que llegó a Monterrey sano y salvo.

Y soy alguien que, desde ese martes, barre los escalones traseros por las mañanas.

No por las noches.

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