En los libros escolares, José de San Martín aparece siempre igual: con uniforme de general, la mirada seria, la postura impecable. Un prócer de mármol, intocable y perfecto. Pero detrás de esa imagen fija y solemne hubo un hombre de carne y hueso, lleno de contradicciones, aficiones inesperadas y decisiones que los manuales de historia prefirieron no contar. Este es el San Martín que nadie enseñó.
Un soldado desde antes de ser adolescente
La historia oficial menciona sus grandes campañas. Lo que rara vez se cuenta es la velocidad con que empezó todo. Con 12 años, San Martín presentó un petitorio para incorporarse como cadete al Regimiento de Infantería de Murcia. A los 13 tuvo su bautismo de fuego combatiendo contra los árabes en Orán. A los 16 ya lo habían ascendido a Segundo Teniente. El Comercio
No era un joven que jugaba cuando sus contemporáneos aprendían a leer. Era un militar en formación que ya había visto la guerra antes de que su cuerpo terminara de crecer.
Se vestía de gaucho — no de general
La imagen que todos conocen — el uniforme azul, la postura marcial — era la versión pública. La privada era completamente diferente. San Martín solía vestirse de gaucho: llevaba poncho, botas y sombrero. Hay varias pinturas de la época que lo retratan así, y no vestido de general como lo muestran los manuales de historia. El Comercio
En público, siempre vestía su uniforme de granadero y el color que se repetía invariablemente era el azul. En la intimidad de su hogar usaba una chaqueta de paño de ese color, larga y holgada, y en invierno un levitón o sobretodo hasta el tobillo. Diario La Página
Tocaba la guitarra y hablaba varios idiomas con fluidez
San Martín sabía tocar la guitarra y hablaba muy bien en diferentes idiomas. Tenía un alto nivel de inglés, francés y latín. De hecho, estos idiomas los leía con naturalidad. Por otra parte, su biblioteca personal era trasladada a todos los lugares a los que viajaba. XatakaHome
Un general que cruzaba la cordillera con sus libros a cuestas y que en las noches de campaña tocaba la guitarra — ese detalle dice más sobre su carácter que cualquier retrato oficial.
El sistema de los aros: su método para detectar traidores
Este es quizás el dato más sorprendente y menos conocido de su estrategia militar. Para identificar a los soldados que respondían a él, San Martín les pedía que se pusieran una especie de aro, tipo piercing, en una oreja. Si alguno decidía traicionarlo, se lo sacaba pero le quedaba el orificio. Así él reconocía a los traidores. A partir de esto, los granaderos comenzaron a usar aros para distinguirse de otras unidades. Y la falta del aro, y el consiguiente agujero vacío de la oreja, delataba al desertor. Porque eran aros no removibles, fijos, los cuales, para sacarlos, debían ser cortados. También se dice que, si el aro era valioso, servía para pagar una tumba decente a su portador si caía en combate. El Comercio
Era un apasionado del ajedrez — y casi imposible de ganarle
En sus tiempos libres, jugaba al ajedrez con sus oficiales, especialmente con Bernardo O’Higgins, Antonio Arcos, José Antonio Álvarez de Condarco y Mariano Necochea. Además, había traído de Europa dos juegos que entonces estaban de moda: «El centinela» y «La campaña». Diario La Página
Según cuentan los historiadores, San Martín era un excelente jugador y costaba ganarle. El Tiempo
El soltero más codiciado de Buenos Aires
Antes de conocer a Remedios de Escalada, San Martín era una especie de celebridad social en la ciudad. Las familias porteñas lo invitaban a sus fiestas y tertulias para presentarles a sus hijas. En casa de los Escalada conoció a Remedios. XatakaHome
Su historia de amor, sin embargo, fue todo menos convencional. Remedios estaba comprometida con otro hombre, Gervasio Dorna, cuando San Martín le pidió casamiento. Ella rompió ese compromiso y Dorna se alistó en el Ejército del Norte. Se casaron el 12 de septiembre de 1812, después de un cortísimo noviazgo. Infobae
Estuvieron separados durante largas temporadas y solo convivieron dos años seguidos en toda su vida juntos. Infobae
Sus últimas horas: los relojes que se detuvieron
El 17 de agosto de 1850, San Martín pidió que lo llevaran a la habitación de su hija, donde se sentó a oírla leer, luego almorzó y se recostó. A las tres de la tarde, falleció. Y lo más curioso fue que a esa hora, los dos relojes que había en su casa — uno de pared y otro de bolsillo — se detuvieron. El Tiempo
Murió en Boulogne-sur-Mer, Francia, a miles de kilómetros de la tierra que liberó y a la que nunca pudo regresar en vida. Sus restos no llegarían a Argentina hasta 1880, treinta años después.
El San Martín de los libros es necesario. Pero el San Martín que se vestía de gaucho, que tocaba la guitarra en las noches de campaña, que viajaba con su biblioteca y que diseñó un sistema de aros para descubrir traidores es mucho más humano, más cercano y más fascinante. Ese es el que la historia oficial dejó en el margen — y quizás el más digno de recordar.







