Lo Que DejĂł el Abuelo TomĂĄs
Lo vi por casualidad un jueves de octubre.
HabĂa entrado al Centro GeriĂĄtrico San Rafael a visitar a una compañera de trabajo cuya madre llevaba tres semanas internada tras una caĂda. El lugar era limpio, bien iluminado, de esos que intentan disimular con plantas y cuadros de paisajes lo que en el fondo siguen siendo: sitios donde la gente espera sin saber muy bien quĂ©.
Iba caminando por el pasillo principal cuando lo reconocĂ.
Estaba sentado en una silla de ruedas junto a la ventana, con una manta sobre las piernas a pesar del calor moderado del otoño, mirando hacia el jardĂn con esa expresiĂłn que tienen las personas mayores cuando ya no distinguen bien entre recordar y soñar. TenĂa el cabello completamente blanco, mĂĄs delgado que la Ășltima vez que lo habĂa visto, y las manos cruzadas sobre la manta con una quietud que me apretĂł algo dentro del pecho.
TomĂĄs Villanueva. El padre de Marcos. Mi exsuegro.
Me detuve en mitad del pasillo.
HabĂan pasado cuatro años desde el divorcio. Cuatro años desde que Marcos y yo firmamos los papeles con la misma frialdad con que se cierra un contrato vencido, y desde que toda la familia de Ă©l desapareciĂł de mi vida con la eficiencia silenciosa de quien borra un contacto del telĂ©fono. No hubo pelea, no hubo drama. Solo la ausencia gradual y despuĂ©s total de personas que durante ocho años habĂan formado parte de mi cotidiano.
TomĂĄs habĂa sido la excepciĂłn que yo lamentaba. Era un hombre tranquilo, de los que hablan poco y escuchan mucho, con un humor seco que aparecĂa sin aviso y una manera de mirar a las personas que hacĂa sentir que realmente te veĂa, no solo te observaba. Durante los ocho años de matrimonio con Marcos, TomĂĄs y yo habĂamos desarrollado ese tipo de afecto discreto que no necesita declararse para existir. Domingos tomando cafĂ© mientras Marcos dormĂa hasta tarde. Conversaciones sobre libros. Partidas de ajedrez que yo siempre perdĂa y que Ă©l ganaba con una modestia casi ofensiva.
Cuando el matrimonio se rompiĂł, perder a TomĂĄs fue una de las pocas cosas que me doliĂł de verdad.
Y ahora estaba ahĂ, solo, en una silla de ruedas, en un geriĂĄtrico al que aparentemente nadie venĂa a visitarlo.
Me acerqué despacio.
âÂżDon TomĂĄs?
Ăl girĂł la cabeza. Sus ojos tardaron un momento en enfocar, y luego algo cruzĂł su expresiĂłn, algo entre el reconocimiento y la duda, como quien ve una cara familiar en un sueño y no estĂĄ seguro de si es real.
âLucĂa âdijo finalmente, con esa voz suya, mĂĄs ronca que antes pero inconfundible.
âSĂ. Soy yo.
Me mirĂł durante un momento largo.
âPensĂ© que eras un sueño âdijo.
Me sentĂ© en la silla que habĂa junto a la ventana y estuvimos hablando casi una hora. Me contĂł, con los saltos y los baches propios de una memoria que ya no fluĂa de manera lineal, que llevaba cinco meses en el centro. Que Marcos lo habĂa internado despuĂ©s de una crisis de salud. Que al principio venĂa a visitarlo, pero que las visitas se habĂan ido espaciando hasta desaparecer. Que su otro hijo, Ernesto, vivĂa en el extranjero y llamaba de vez en cuando.
Lo dijo sin amargura. Esa era una de las cosas que siempre habĂa admirado de TomĂĄs: su ausencia casi total de resentimiento, esa capacidad para describir las cosas dolorosas con la misma voz neutra con que describĂa el tiempo.
Cuando me levanté para irme, él me tomó la mano un momento.
âMe alegra verte, LucĂa.
âA mĂ tambiĂ©n, don TomĂĄs.
Caminé hasta mi coche y estuve sentada diez minutos sin arrancar.
Luego saqué el teléfono y llamé al centro para preguntar cuåles eran los horarios de visita.
Empecé a ir los jueves por la tarde.
No se lo contĂ© a nadie, no porque fuera un secreto sino porque sabĂa perfectamente las preguntas que provocarĂa. ÂżPara quĂ©? ÂżNo es el padre de tu ex? ÂżNo te metes en problemas? Y la verdad es que no tenĂa respuestas elaboradas para ninguna de esas preguntas. Solo sabĂa que habĂa un anciano solo junto a una ventana y que yo tenĂa un jueves libre por la tarde.
Las primeras semanas, TomĂĄs estaba confuso con frecuencia. HabĂa dĂas en que me llamaba por el nombre correcto y dĂas en que me llamaba Elena, que era el nombre de su esposa fallecida hacĂa doce años, y yo respondĂa igual en ambos casos porque en el fondo no cambiaba nada importante.
Le llevaba cosas pequeñas. Un libro de vez en cuando, aunque su vista ya no le permitĂa leer durante mucho tiempo. Galletas de naranja que Ă©l habĂa mencionado una vez, de pasada, que le gustaban desde niño. Un pequeño tablero de ajedrez plegable que puse sobre su mesita de noche aunque las partidas ya no tenĂan la estructura de antes, eran mĂĄs bien conversaciones alrededor del tablero que otra cosa.
Las enfermeras me miraban al principio con esa mezcla de curiosidad y cautela que tienen quienes ya han aprendido a no encariñarse demasiado con los visitantes porque los visitantes suelen desaparecer. Con el tiempo, una de ellas, Carmen, empezĂł a saludarme por mi nombre y a ponerme al tanto de cĂłmo habĂa estado TomĂĄs durante la semana.
âHoy estĂĄ mĂĄs lĂșcido âme decĂa a veces cuando llegaba. Y esos dĂas eran distintos.
Los dĂas lĂșcidos, TomĂĄs era exactamente el hombre que yo habĂa conocido. Curioso, preciso, con ese humor inesperado que aparecĂa en mitad de una frase seria y te descolocaba. HablĂĄbamos de todo: de polĂtica, de los libros que yo estaba leyendo, de su infancia en un pueblo del norte, de cĂłmo habĂa conocido a Elena en un baile del que ella no querĂa estar y del que Ă©l no querĂa irse.
Nunca hablamos de Marcos.
No por evitaciĂłn, sino porque genuinamente ninguno de los dos lo sacĂł. Era como si hubiera un acuerdo tĂĄcito de que lo que existĂa en ese cuarto los jueves por la tarde no necesitaba explicarse en tĂ©rminos de ninguna otra relaciĂłn. Ăramos simplemente TomĂĄs y LucĂa, como siempre habĂamos sido, sin el contexto que nos habĂa unido originalmente.
El segundo mes, un jueves de diciembre con frĂo de verdad, lleguĂ© al centro y Carmen me interceptĂł antes de llegar a la habitaciĂłn.
âHoy estĂĄ muy lĂșcido âdijo, con un tono que indicaba que eso era importanteâ. Ha estado esperĂĄndote desde las tres.
Eran las cinco y cuarto.
EntrĂ© a la habitaciĂłn y TomĂĄs estaba sentado en la cama, no en la silla de ruedas, con la espalda apoyada en la almohada y los ojos completamente despejados. Sobre su regazo tenĂa un sobre de papel manila viejo, de esos con el broche metĂĄlico, que sostenĂa con las dos manos como si pesara mĂĄs de lo que deberĂa.
âSiĂ©ntate, LucĂa âdijo.
Me senté.
âHe estado pensando mucho estas semanas. âSu voz era firme, mĂĄs firme que de costumbreâ. En los dĂas que tengo claros, pienso. Y lo que pienso es que hay cosas que deberĂan haberse dicho antes y que nadie dijo.
âDon TomĂĄs, no tiene queâ
âDĂ©jame hablar. âNo era brusco. Era simplemente alguien que sabĂa que el tiempo tenĂa un valor diferente para Ă©l que para mĂ.
Me callé.
âCuando Marcos y tĂș se separaron, yo quise llamarte. Muchas veces. Elena me hubiera dicho que lo hiciera, que no dejara que una persona buena desapareciera de la familia por razones que no eran culpa suya. Pero me dejĂ© llevar por lo fĂĄcil, que es no hacer nada y decirte que respetabas la situaciĂłn.
Hizo una pausa.
âNo lo respetĂ©. Solo tuve miedo.
âDon TomĂĄsâ
âLucĂa. âMe mirĂł directamenteâ. TĂș fuiste mejor familia para mĂ en estos dos meses que cualquier otra persona en los Ășltimos cinco años. Y eso no lo digo para hacerte sentir bien. Lo digo porque es verdad y porque las verdades hay que decirlas mientras todavĂa se puede.
ExtendiĂł el sobre hacia mĂ.
Lo tomé. Era mås pesado de lo que esperaba.
âĂbrelo en casa âdijoâ. No ahora.
âÂżQuĂ© es?
SonriĂł. Era la sonrisa de siempre, la del ajedrez y los domingos.
âUna conversaciĂłn que no supe tener a tiempo.
Lo abrĂ en mi coche, en el estacionamiento del centro, porque soy exactamente el tipo de persona que no puede esperar aunque le digan que espere.
Dentro habĂa dos cosas.
La primera era una carta escrita a mano, varias pĂĄginas con la letra apretada y ligeramente irregular de alguien cuya mano ya no obedece del todo. La leĂ despacio, con el frĂo entrando por las rendijas del coche y la luz del estacionamiento proyectando sombras extrañas sobre el papel.
Era una carta sobre Elena. Sobre cĂłmo la habĂa conocido, sobre los primeros años, sobre los hijos, sobre la manera en que el amor largo no se parece en nada al amor de las pelĂculas sino que es mĂĄs parecido a un idioma que dos personas aprenden juntas y que despuĂ©s de muchos años ya no necesitan hablar en voz alta para entenderse. Era una carta sobre lo que significa construir algo con alguien y sobre el miedo a que eso desaparezca cuando la persona se va.
Y al final, en el Ășltimo pĂĄrrafo, decĂa:
«Te cuento todo esto, LucĂa, porque tĂș entendiste desde el principio que querer a alguien no siempre tiene una forma reconocible. Que a veces se parece a las galletas de naranja y a las partidas de ajedrez y a sentarse junto a una ventana sin necesitar decir nada. Elena lo habrĂa sabido explicar mejor que yo. Pero creo que tĂș tambiĂ©n lo sabes.»
Tuve que dejar de leer un momento.
La segunda cosa en el sobre era una fotografĂa. Pequeña, en blanco y negro, con los bordes ya amarillentos. Una pareja joven en lo que parecĂa ser un jardĂn, ella mirando a la cĂĄmara y Ă©l mirĂĄndola a ella con esa clase de atenciĂłn que no se puede fingir.
Al dorso, con otra letra, mĂĄs antigua y segura: Elena y TomĂĄs, 1974.
Debajo, con la letra actual de él, temblorosa y clara al mismo tiempo:
«Para que sepas de dónde venimos los que sabemos querer despacio.»
RompĂ a llorar en el estacionamiento del Centro GeriĂĄtrico San Rafael un jueves de diciembre, con la calefacciĂłn del coche encendida y la fotografĂa de dos personas jĂłvenes que se amaban en un jardĂn hace cincuenta años sosteniĂ©ndose entre mis dedos.
No era tristeza, exactamente. Era algo mĂĄs difĂcil de nombrar. Esa mezcla que ocurre cuando algo bello y algo doloroso llegan al mismo tiempo y no sabes muy bien dĂłnde termina uno y empieza el otro.
SeguĂ yendo los jueves.
TomĂĄs y yo nunca volvimos a hablar de la carta, porque no hacĂa falta. Pero algo cambiĂł desde ese dĂa, algo que no tenĂa nombre preciso pero que los dos reconocĂamos. Como cuando aprendes una palabra nueva en otro idioma y de repente puedes decir algo que antes no podĂas.
La fotografĂa la puse en mi mesita de noche, entre un libro y la lĂĄmpara.
Algunos jueves, antes de dormir, la miraba un momento.
Y pensaba en que querer despacio, sin prisa y sin condiciones, es probablemente la forma mĂĄs difĂcil y mĂĄs verdadera de todas.