Aquella mañana no tenía ningún plan especial.
Me levanté a las siete, calenté el café del día anterior porque soy de los que reutilizan el café sin culpa, y salí al patio trasero en pantuflas y con la regadera en la mano. Era uno de esos martes de otoño donde el aire todavía tiene algo de verano pero ya huele a tierra mojada y a hojas próximas a caer. Mi patio no es grande, apenas un rectángulo con canteros a los lados, un limonero que da más trabajo que limones y el rincón donde los gatos del barrio han convertido en territorio propio sin pedirme permiso.
Abrí la puerta y me golpeó el olor.
No fue gradual. Fue inmediato y total, como si alguien hubiera abierto algo que llevaba tiempo cerrado. Un olor denso, orgánico, húmedo, con ese componente metálico que el cerebro reconoce de manera instintiva como señal de alarma. Me cubrí la nariz con el antebrazo y di dos pasos hacia el cantero.
Y entonces lo vi.
Estaba en el suelo, junto a las piedras del borde del cantero, parcialmente cubierto por la hierba. Era una especie de saco blancuzco, gelatinoso, del tamaño aproximado de una pelota de tenis, y de su interior asomaba algo rojo. No era un rojo vivo sino un rojo oscuro, casi coral, húmedo, con una textura que desde la distancia parecía a la vez esponjosa y viscosa. Y se movía. No con el movimiento de un animal sino con el movimiento lento e inevitable de algo que crece, que se expande, que está saliendo de algún lugar hacia afuera.
Retrocedí tres pasos.
Mi cabeza hizo en dos segundos el recorrido completo por todas las explicaciones posibles y ninguna era tranquilizadora. Un animal muerto en proceso de descomposición. Algún tipo de larva enorme. Algo que los gatos habían arrastrado desde quién sabe dónde. Los pensamientos más irracionales también aparecieron, porque el cerebro humano frente a lo desconocido no distingue entre lo probable y lo imposible.
Saqué el teléfono. Tomé tres fotos conteniendo la respiración y me alejé hacia la puerta antes de buscar en internet.
Escribí lo que veía: huevo gelatinoso blanco con interior rojo olor horrible jardín.
El primer resultado me detuvo.
Clathrus archeri. Pulpo del diablo. Hongo.
Lo Que la Naturaleza Esconde en el Jardín
El Clathrus archeri, conocido popularmente como pulpo del diablo, estrella del diablo o calamar del diablo, es uno de los hongos más extraordinarios y perturbadores del reino fungi. No perturbador en el sentido de peligroso, sino en el sentido de que nada en su apariencia sugiere que sea algo que debería existir en el suelo de un jardín suburbano.
Pertenece a la familia Phallaceae, el mismo grupo que incluye otros hongos de formas igualmente sorprendentes, y su origen es Australasia, aunque en las últimas décadas se ha extendido por Europa, América y otras regiones del mundo, probablemente a través del comercio de tierra y plantas ornamentales.
Su ciclo de vida comienza de manera completamente discreta. Durante semanas o meses, crece bajo la superficie del suelo en forma de una estructura micelial invisible, acumulando energía. Luego produce lo que los micólogos llaman el huevo: esa bolsa blanca gelatinosa que es exactamente lo que yo encontré esa mañana. El huevo puede permanecer en el suelo durante días antes de abrirse, y desde afuera es completamente inofensivo, aunque el olor ya comienza a filtrarse levemente.
Cuando las condiciones son adecuadas, el huevo se rompe. De su interior emergen entre cuatro y ocho brazos de color rojo o anaranjado intenso, curvados hacia arriba como los tentáculos de un calamar o los brazos de una estrella de mar. La velocidad de expansión es visible a ojo desnudo si se observa con paciencia: en pocas horas, el hongo pasa de ser una bolsa cerrada a una estructura completamente desplegada de hasta quince centímetros de diámetro.
En la superficie interior de esos brazos se encuentra la gleba, una masa oscura y maloliente que contiene las esporas. Y aquí está el truco evolutivo más inteligente y más desagradable de este organismo: el olor.
El Engaño Perfecto
La mayoría de los hongos dispersan sus esporas a través del viento o del agua. El Clathrus archeri eligió una estrategia diferente y considerablemente más audaz: huele a carne en putrefacción para atraer moscas y otros insectos carroñeros.
El olor no es una consecuencia accidental de su composición química. Es una herramienta. Una trampa sofisticada que el hongo ha desarrollado a lo largo de millones de años de evolución para reclutar a sus propios dispersores de esporas sin pagarles nada a cambio.
Las moscas, atraídas por el olor que su sistema olfativo asocia con alimento o con un lugar para depositar huevos, aterrizan sobre la gleba. Se impregnan de esporas. Luego vuelan a otro lugar, y con ellas viajan las esporas que eventualmente caerán en otro suelo, germinarán y comenzarán el ciclo de nuevo.
El resultado para el observador humano es una experiencia sensorial profundamente desconcertante: algo que visualmente parece sacado de una película de ciencia ficción y que huele, sin exageración, a un animal muerto. El cerebro humano no tiene una categoría preexistente para procesar esa combinación, lo que explica el impacto inmediato y visceral que produce encontrarlo sin esperarlo.
¿Es Peligroso?
La pregunta que cualquier persona se haría al encontrar algo así en su jardín.
La respuesta corta es no. El Clathrus archeri no es tóxico en el sentido de que su contacto no causa daño. No es venenoso para las mascotas que pudieran olerlo o tocarlo. No libera esporas dañinas para los pulmones. No contamina el suelo de ninguna manera negativa.
De hecho, como la mayoría de los hongos, cumple una función ecológica importante en la descomposición de materia orgánica y en el mantenimiento de la salud del suelo.
Lo que sí puede causar es un malestar intenso si se ingiere, aunque la combinación de aspecto y olor hace que eso sea prácticamente improbable en adultos. En niños pequeños o mascotas que pudieran morderlo por curiosidad, puede provocar trastornos gastrointestinales temporales.
El huevo, curiosamente, es considerado comestible en algunas culturas de Asia y Europa del Este, donde se consume antes de que se abra y los brazos emerjan. Su sabor se describe como suave, sin el olor característico que desarrolla al madurar. Es una de esas piezas de información que resulta difícil de procesar cuando uno acaba de encontrar la versión adulta en el jardín oliendo a muerte.
Por Qué Aparece en el Jardín
Encontrar un Clathrus archeri en el jardín no indica nada malo sobre el estado del suelo ni sobre la limpieza del espacio. Al contrario, su presencia suele asociarse con tierra rica en materia orgánica, bien irrigada y con buena cobertura vegetal.
Aparece con mayor frecuencia después de períodos de lluvia seguidos de temperaturas moderadas, las condiciones ideales para el crecimiento fúngico en general. Los canteros con mantillo orgánico, la tierra cercana a plantas con sistemas radiculares establecidos y los jardines donde se compostan residuos vegetales son entornos especialmente favorables.
Una vez que el micelio está establecido en un jardín, el hongo puede reaparecer en temporadas sucesivas. No hay manera de eliminarlo completamente sin tratar el suelo de manera agresiva, lo que tampoco sería recomendable dado que el micelio fúngico en general es beneficioso para la salud del ecosistema del jardín.
La recomendación práctica más sensata es simplemente retirarlo con guantes cuando aparece, si la presencia del olor resulta molesta, y depositarlo en la basura en una bolsa cerrada, no en el compost, para evitar la dispersión de esporas en el mismo jardín.
Esa mañana, después de leer todo lo anterior en el teléfono, volví al patio con guantes de jardinería y una bolsa de basura.
Me acerqué al huevo del diablo con bastante más calma que media hora antes, aunque el olor seguía siendo exactamente igual de horrible. Lo recogí, lo cerré en la bolsa y lo deposité en el contenedor.
Luego regué las flores, como había planeado originalmente.
Los gatos del barrio aparecieron a las diez de la mañana, como siempre, completamente indiferentes a todo lo ocurrido.
La naturaleza, con toda su capacidad para sorprender y desconcertar, siguió siendo exactamente lo que es: mucho más extraña y más interesante de lo que cualquier jardín suburbano haría suponer.







