El collar que me estaba enfermando

Todo comenzó con náuseas.
Todas las mañanas.
Sin excepción.
Me despertaba con el estómago revuelto, mareos, una sensación metálica en la boca. Pensé que era estrés. Luego embarazo. Después, ansiedad.
Los médicos me hicieron análisis.
Sangre. Orina. Ultrasonidos. Resonancias.
Nada.
—Está perfectamente sana —decían—. Tal vez es algo psicológico.
Pero yo sabía que no lo era.
Algo dentro de mí estaba mal.
🚇 El encuentro en el metro
Una mañana, mientras viajaba al trabajo, un hombre mayor se sentó frente a mí. Vestía sencillo, pero llevaba una lupa colgada del cuello.
Me observó fijamente… demasiado tiempo.
Instintivamente llevé la mano a mi collar.
Un pequeño colgante dorado en forma de corazón.
El mismo que mi marido me regaló por nuestro quinto aniversario.
—Disculpe —dijo el hombre—… ¿puedo ver su collar?
Me tensé.
—¿Por qué?
Se inclinó un poco más.
—Soy joyero desde hace cuarenta años.
Y algo en ese colgante no está bien.
Me aparté.
—Mi marido me lo regaló —respondí molesta—.
El hombre bajó la voz.
—Señora… quítese eso ahora.
Y ábralo delante de mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Está loco?
—Por favor —insistió—. Solo mírelo por dentro.
🔓 La apertura
No sé por qué acepté.
Quizá fue su tono.
O mi agotamiento.
O el miedo acumulado.
El colgante tenía una pequeña rosca casi invisible.
Lo giré.
Se abrió.
Dentro había algo diminuto.
Una cápsula transparente.
Y dentro de la cápsula…
Un polvo grisáceo.
El joyero palideció.
—Eso no es decoración —susurró—.
—¿Qué es?
Tragó saliva.
—Parece una microcápsula con metal pesado.
Mercurio… o algo similar.
Sentí que el mundo giraba.
—¿Eso es peligroso?
—Extremadamente.
Y peor aún…
Señaló el interior del colgante.
—Está diseñado para liberar cantidades microscópicas con el calor del cuerpo.
Mi collar.
Sobre mi piel.
Todo el día.
Todos los días.
🧪 La confirmación
Fui directamente al hospital.
Exámenes de toxicología.
Resultado: intoxicación leve por metales pesados.
Crónica.
Progresiva.
El médico fue claro:
—Si hubiera seguido usándolo, en unos meses el daño habría sido grave.
Mis manos temblaban.
Solo una persona me había regalado ese collar.
Mi esposo.
🏠 La confrontación
Esa noche dejé el collar sobre la mesa.
—¿Dónde lo compraste? —pregunté.
—En una joyería online —respondió sin mirarme.
—¿Cuál?
—No recuerdo.
Saqué el informe médico.
—Me estaba envenenando.
Se puso pálido.
Silencio.
Largo.
Demasiado largo.
—Estás exagerando —dijo al final.
Pero sus manos temblaban.
📱 La verdad escondida
Mientras él dormía, revisé su computadora.
Correos.
Historial.
Pagos.
Encontré el pedido.
No era una joyería.
Era un proveedor de “dispositivos químicos experimentales”.
Y un mensaje:
“La dosis es baja. Los síntomas parecerán naturales.
Náuseas, fatiga, debilidad.
No se detecta fácilmente.”
Sentí ganas de vomitar.
Mi esposo no quería matarme rápido.
Quería que me fuera apagando.
⚖️ Las consecuencias
Guardé todo.
Fui a la policía.
Peritajes.
Análisis.
Orden de arresto.
Cuando se lo llevaron, me miró llorando.
—Solo quería que te enfermaras un poco…
—Para que dependieras de mí.
Eso fue peor que cualquier confesión.
🌱 Epílogo
Me recuperé.
Tardó meses.
Pero sobreviví.
Y aprendí algo que jamás olvidaré:
💡 El amor no duele.
No enferma.
No destruye lentamente.
Y si alguien te regala algo que te hace sentir peor cada día…
Tal vez no sea un regalo.
Tal vez sea una advertencia.



