5 acciones de una hija que convierten a una madre en extraña — Jung explicaba por qué sucede

5 acciones de una hija que convierten a una madre en extraña — Jung explicaba por qué sucede
Por Redacción Especial | Psicología y Sociedad
Hay silencios que pesan más que las discusiones. Hay miradas que ya no buscan comprensión, sino distancia. En muchas familias, la relación entre madre e hija atraviesa etapas de cercanía profunda, pero también momentos de ruptura emocional que pueden transformar a la madre en una figura casi irreconocible para su propia hija.
El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung analizó con profundidad la dinámica entre padres e hijos y explicó que muchas tensiones no surgen del odio ni del desamor, sino de procesos psicológicos inconscientes ligados a la identidad y la individuación.
Según la psicología analítica, hay acciones —a veces imperceptibles— que pueden erosionar el vínculo hasta volverlo extraño. Estas son cinco de ellas.
1. Rechazar sistemáticamente todo lo que representa la madre
En el proceso de construcción de identidad, muchas hijas buscan diferenciarse radicalmente de su madre. Cambian sus valores, sus decisiones, su estilo de vida e incluso sus opiniones solo para marcar distancia.
Jung sostenía que el proceso de individuación es necesario para el desarrollo del yo, pero cuando esta separación se convierte en rechazo constante, se transforma en una lucha interna proyectada hacia la figura materna.
La madre deja de ser guía o referente y pasa a convertirse en símbolo de todo aquello que la hija no quiere ser. Esta negación continua genera resentimiento acumulado en ambos lados.
2. Convertir cada conversación en competencia
Cuando la hija necesita demostrar que sabe más, que ha logrado más o que vive mejor, la relación se transforma en un campo de comparación.
Jung hablaba del “complejo materno”, que puede manifestarse tanto en dependencia excesiva como en rivalidad. En este segundo caso, la hija compite inconscientemente por afirmarse.
La competencia constante desgasta el afecto. En lugar de compartir experiencias, ambas partes se posicionan como oponentes. La madre comienza a sentirse desplazada; la hija, juzgada.
3. Negarse a reconocer la humanidad de la madre
Un fenómeno común es olvidar que la madre también es una persona con miedos, frustraciones y heridas propias. Cuando la hija solo la ve como “la autoridad” o “la responsable de todo”, se pierde la empatía.
Jung advertía que idealizar o demonizar a los padres impide verlos como individuos reales. Cuando se les coloca en extremos —perfectos o culpables absolutos—, se distorsiona la percepción.
Negar la complejidad humana de la madre rompe la posibilidad de diálogo auténtico.
4. Mantener heridas del pasado sin procesarlas
Muchas relaciones se enfrían no por el presente, sino por recuerdos no resueltos. Una palabra dura, una comparación dolorosa o una ausencia pueden convertirse en narrativas internas que la hija repite durante años.
Desde la psicología junguiana, aquello que no se integra en la conciencia se convierte en “sombra”. Y la sombra proyectada sobre la madre puede transformar cada interacción en una reactivación del dolor.
Sin trabajo interior, la herida se convierte en identidad. Y la madre pasa a ser vista como antagonista permanente.
5. Cortar la comunicación emocional
El distanciamiento no siempre es físico. A veces la ruptura ocurre cuando la hija deja de compartir pensamientos, dudas o sentimientos.
El silencio sostenido es una forma de defensa. Jung explicaba que cuando el inconsciente percibe amenaza, el yo se protege cerrándose. Pero ese cierre puede ser interpretado como rechazo.
La madre siente que ya no conoce a su hija. La hija siente que ya no puede mostrarse vulnerable. Así nace la extrañeza.
Más allá de la culpa: comprender el proceso
Jung no planteaba estas dinámicas como acusaciones, sino como procesos naturales del crecimiento psíquico. La tensión entre madre e hija forma parte del camino hacia la autonomía.
Sin embargo, cuando no existe conciencia de estos mecanismos, la relación puede deteriorarse hasta volverse irreconocible.
La clave, según la psicología analítica, está en integrar la sombra, reconocer las proyecciones y asumir responsabilidad emocional. Ni la madre es únicamente víctima, ni la hija es únicamente agresora: ambas participan en una danza inconsciente que puede transformarse si se hace consciente.
Una oportunidad de transformación
La relación madre-hija es una de las más intensas del ciclo vital. Puede ser fuente de seguridad profunda o de conflicto persistente.
Pero también es una de las relaciones con mayor potencial de reconciliación. Comprender que muchas tensiones surgen de procesos psicológicos normales permite cambiar la narrativa.
La extrañeza no es un destino inevitable. Es, muchas veces, una señal de que algo necesita ser comprendido.
Y como afirmaba Jung, “Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”.
Quizá el verdadero desafío no sea evitar el conflicto, sino aprender a mirarlo con honestidad.



